24/3/20

Enseñanza del Oasis de Adoración 08-03-20




“1. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. 2. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. 4. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 5. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.» 6. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. 7. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo.» 8. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. 9. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.»” (Mt 17, 1-9).

     Jesús no es un Dios lejano, sino por el contrario, es un Dios que por amor a cada uno de nosotros, ha renunciado a sus prerrogativas para entender nuestra fragilidad, se hace uno con nosotros.: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre” (Flp 2, 6-9). 

     Todos los encuentros que tenemos en nuestra vida son como estar en el Monte Tabor, si nos sabemos abrir a la Gracia, ya sean los Oasis de adoración (en los cuales como comunidad nos reunimos para adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento, rezando el rosario, alabándolo y recibiendo la enseñanza de su Palabra a través de su servidor), las misas, los retiros, etc.

     Nuestro Señor busca siempre dejarse tocar por el hombre: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). En muchas de las personas que atiendo en la dirección espiritual, existe el temor de responderle seriamente a Jesús, porque ven algo muy difícil el tener que dejar el mundo, sin embargo, no se ve el peligro que representa el dejarse arrastrar por el mundo. Es muy importante que todos reflexionemos sobre esto, porque con Dios no hay una posición neutral, el quiere que le pertenezcamos por completo.

     Jesús quiso que sus discípulos tuvieran una experiencia en el Monte Tabor al verlo glorificado, para confirmarles una vez más que es el Hijo de Dios y fortalecerlos en el momento de la prueba. Imaginémosnos la voz imponente del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.» (Mt 17, 5) . Pedro inmediatamente piensa en el “hacer” y por eso le propone a Jesús construir tres chozas: una para su Maestro, otra para Moisés y la tercera para Elías. Podemos tener esta tendencia de querer hacer muchas cosas por Dios, cuando Él lo que anhela es ser escuchado. Nos vamos generalmente por el lado de la acción y olvidamos que lo primero es escuchar, para después, ya que hemos discernido su voluntad, actuar.

     Jesús los toca después de haber tenido esta fuerte experiencia para que no teman, además les ordena que no se lo cuenten a nadie hasta que Él resucite de entre los muertos. Dios no quiere que nos dejemos llevar por lo sensible, por el contrario, espera de nosotros una fe madura.

     Es muy diferente la voluntad de Dios que la nuestra, si le permitimos al Espíritu Santo conducirnos, la podremos discernir. Es muy importante que seamos purificados aquí en la tierra, de lo contrario lo seremos después en el purgatorio.

     Nuestra espiritualidad: “Si quieres venir detrás de mí: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme (M 8, 34), se puede dividir en tres partes:

1.- Niégate
2.- Toma tu cruz
3.- Sígueme

     No podemos negarnos a nosotros mismos si tenemos todavía en el interior soberbia, gula, orgullo espiritual, etc. Es necesario entrar en un proceso de conversión para darnos cuenta de lo necesitados que estamos de Dios.

     Jesús no nos pide tomar su Cruz, sino nuestra cruz. Podemos entonces preguntarnos ¿qué significa tomar la propia cruz? Tomar la propia cruz es aceptar nuestra vida, estar de acuerdo con la voluntad de Dios. No es exigir a Dios que nos cure de alguna enfermedad, como muy a menudo solemos escuchar: “decreto que seré curado de esto o aquello”. Esta es una postura equivocada. Tomar la cruz es ver las cosas y los acontecimientos desde Dios y pedir con humildad de corazón por nuestras necesidades, aceptando con amor la respuesta de parte de Dios, sea cual fuere. Tenemos los cuatro evangelios para escuchar a Jesús, es así como podemos liberarnos de nuestras percepciones e ideas de cómo deben ser las cosas y meditando la Palabra de Dios, es como poco a poco vamos descubriendo su plan de amor para nuestra vida.

     En cierta ocasión que Jesús envió a predicar a sus discípulos de regreso compartían su alegría sin tomar en cuenta al Maestro, por eso Él les pregunta ¿de que vienen hablando en el camino? Llenos de sí mismos y no de Jesús se sienten muy orgullosos por haber expulsado a los demonios. Jesús les responde que no se alegren por eso sino porque sus nombres estén escritos en el libro de la vida (cfr. Lc 10, 17-20).

      El Evangelio de Juan inicia: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn 1, 1.11). Para que esto no nos suceda es necesario entrar en un proceso de abajamiento, escuchando la Palabra de Dios, para entender su voluntad y así ponerla en práctica.

Cuando entramos en competencia con otros que también trabajan para Dios, pero no son de nuestro grupo y nos dejamos llevar por el celo o la envidia, no estamos negándonos a nosotros mismos (cfr. Mc 9, 38), lo que necesitamos hacer es escuchar a Jesús.

Hay demonios que solamente pueden ser expulsados por medio de la oración y el ayuno (cfr. Mt 17, 21), es decir, dejando que Dios sea en nosotros, que Él haga las cosas por nosotros. Oremos, hagamos penitencia y sacrificios. Ahora que estamos en cuaresma es muy importante meditar en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, ¿lo estamos haciendo en nuestro diario caminar? Los discípulos no estaban preparados para ver sufrir a Jesús. Él que había dado vista a los ciegos (cfr. Mc 8, 22-28), curado a los leprosos(cfr. Mt 8, 1-22), no pudo impedir los golpes que lo desfiguraban, porque quería cumplir la voluntad de su Padre: morir en la Cruz para salvarnos (cfr. Jn 3, 16).

Cuando aprendamos desde Dios por un don del Espíritu Santo, amaremos la Cruz. No pidamos más cruces, ofrezcamos lo de cada día para la salvación de la humanidad. Que nos mueva la Pasión y Muerte de Cristo para ver la dimensión de locura de amor y que nos lleve a la apertura del corazón, para que Él haga en nosotros lo mismo. No confiemos en nosotros, sino únicamente en Dios, aceptando las pruebas y arideces. 

Jesús en el huerto de Getsemaní dijo: "«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.»" (Lc 22, 42). Y en la Cruz: "«¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»" (Mc 15, 34).No tengamos miedo de la inseguridad, de lo que vendrá. Adhirámonos a la voluntad de Dios, es lo que nos corresponde a cada uno.

Hno. Francisco María de la O





Oasis de Adoración
Los invitamos al Oasis de Adoración todos los domingos de 10:00am. a 1:00pm. en Buenos Aires 2901, Colonia Providencia, Guadalajara, Jalisco.






1/3/20

Enseñanza del Oasis de Adoración 01-03-20


"1. Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. 2. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» 4. Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» 5. Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, 6. y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.» 7. Jesús le dijo: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.» 8. Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, 9. y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.» 10. Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto.» 11. Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían." (Mt 4, 1, 11).

     Para nosotros los católicos es una gran bendición contar con el Calendario Litúrgico, porque nos ayuda a ir poco a poco meditando en todos los misterios de la vida de Cristo. Si somos dóciles y obedientes a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia es como el Espíritu Santo va actuando de manera concreta en nuestra vida, porque la fe no depende de lo que podamos “sentir”, sino de la configuración con Cristo. La Iglesia, el pueblo de Dios, que somos cada uno de nosotros, al obedecer a nuestros pastores, es al mismo Cristo al que obedecemos, recordemos las palabras de nuestro Maestro a Pedro: “lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). Todo lo que dentro de nuestro corazón podamos experimentar, siempre subordinémoslo a la obediencia de lo que nuestra Madre la Iglesia nos enseña.

    
En este momento iniciamos un nuevo tiempo dentro del Año Litúrgico: la cuaresma, como preparación para vivir el Misterio más importante de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor. Hoy es el primer domingo de cuaresma en el cual el Evangelio nos presenta las tentaciones de Jesús en el desierto.

     El Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto para ser tentado. El Señor tomó nuestra naturaleza con el propósito de enseñarnos cómo vencer las tentaciones. Experimentó todas las tentaciones a las que estamos expuestos los seres humanos, pero la gran diferencia es que Él nunca cayó en el pecado, porque es Dios. Nos dice San Pablo: “a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.” (2 Co 5, 21).

     El tiempo de la cuaresma y nuestra vida en general son un caminar para llegar a la meta, que es el cielo, sin embargo, para poder alcanzar el cielo, tendremos que ser probados. Por nuestra naturaleza caída somos débiles y pecamos con gran facilidad, pero si somos fieles a la Gracia de Dios, alcanzaremos la meta.

     El amor es la respuesta, como se expresa en el bello soneto a Cristo crucificado, atribuido a San Juan de la Cruz, el temor al castigo no es lo que debe mover al alma para amar a Dios, ni el cielo prometido, sino el amor de Cristo al dar su vida:

“Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte”.

¡Jesús es quien debe movernos para ir al cielo!

    En esta cuaresma como Jesús, busquemos en todo la voluntad de Dios. Nos falta todavía aprender cómo debemos pedir a Dios las cosas: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4,3). Un error muy generalizado hoy en día es el “decretar”: “decreto que yo o alguien más será sanado o liberado de alguna enfermedad o situación problemática”, esto no es lo que Jesús nos enseñó, nuestro Señor siendo Dios, para darnos el ejemplo dijo: "«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo." (Jn 5, 19). 

     Jesús quiso ser tentado para enseñarnos cómo vencer. Las tentaciones en sí mismas no son malas, si sabemos aprovechar estos momentos de prueba, aprenderemos a identificar cuáles son nuestras pasiones dominantes, ya sea la pereza, la gula, el orgullo, la envidia, etc. Las tentaciones son para vencerlas, no para dejarnos atrapar por ellas.Los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Jesús sufrío estos tres tipos de tentaciones en el desierto.

     Las tentaciones en relación a la carne, se ven reflejadas cuando el demonio lo tienta al decirle: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» (Mt 4, 3). Es la tentación de buscar el camino más fácil para solucionar una necesidad material, sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Es ir únicamente detrás de lo material y de lo que es placentero.



     Las tentaciones en relación al mundo consisten en buscar el poder, ambicionar lo que otros tienen. Querer ganar a toda costa mucho dinero. Es diferente a la sana búsqueda de la prosperidad y los deseos de superación. En este caso es una sed desmedida de “tener” y “poseer” para dominar y someter a los demás. El enemigo tienta a Jesús, “ le muestra todos los reinos del mundo y su gloria” (Mt 4, 8).


     Las tentaciones en relación al demonio, consisten en poner cualquier cosa antes que a Dios como el centro de nuestra vida, ya sean los bienes materiales, las personas, o nosotros mismos con nuestro orgullo, vanidad, envidia, ambición, etc.: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.» (Mt 4, 9). Hermanos, cada uno revisemos nuestro corazón y preguntémonos si nos hemos estancado en la mediocridad, si en nuestro apostolado buscamos nuestra propia conveniencia, si hemos dado lugar a la envidia y los celos, en vez de enfocarnos en el amar y servir a Jesús en nuestro prójimo.

     Aprendamos a conocernos, a negarnos siendo sinceros con nosotros mismos y ya no buscando más el querer “aparentar” lo que no somos. Es tiempo de ser “íntegros” en nuestra vida, de buscar hacer todo con una “recta intención”, convirtiendo el corazón.

     Amemos mucho a nuestra Madre la Iglesia, obedezcamos en todo sus disposiciones. Recordemos con sinceridad en nuestro corazón, que si la Iglesia está en crisis, es porque aún nos falta mucho por imitar a nuestra Madre la Virgen María en su humildad, obediencia y docilidad: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» (Lc 1, 38).

Hno. Francisco María de la O
Oasis de Adoración
Los invitamos al Oasis de Adoración todos los domingos de 10:00am. a 1:00pm. en Buenos Aires 2901, Colonia Providencia, Guadalajara, Jalisco.






9/2/20

Enseñanza del Oasis de Adoración 09-02-20








“Ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5, 13).



     Pidámosle al Espíritu Santo que derrame sus Siete Sagrados Dones para que nuestra vida sea ordenada y coherente y así nos vayamos poco a poco identificando con la Palabra de Dios.

Señor, que por medio de tu Palabra nuestra alma escuche tu voluntad para que vivamos como en las primeras comunidades cristianas y tengamos un solo corazón (cfr. Hch 2, 44), trabajando así por nuestra propia santificación, al poner en práctica el Evangelio. Que ante tu Palabra, no nos quedemos como “espectadores” sino como tu pueblo, atento para escucharte.

     Al meditar la Palabra de Dios, imaginemos cómo era el timbre de la voz de Jesús, su mirada, sus actitudes; entremos a su Sagrado Corazón y experimentemos cuáles eran sus más ardientes deseos al hablarnos en este texto de la Escritura.

     Jesús nos dice hoy “ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5, 13).

La sal es un elemento indispensable que sirve para dar sabor a los alimentos. Si el Señor nos dice en su Palabra que somos la “sal”, esto significa que Él desea que le demos sabor con nuestra vida a los demás, donde quiera que vayamos y estemos: en la familia, en la escuela o el trabajo, con los amigos, etc.

     La sal si no sirve, se tira a la calle para que la pise la gente, ¿hemos dejado de dar sabor? ¿buscamos entregarnos a los demás o vivimos encerrados en nuestro egoísmo? ¿transmitimos paz, ternura y amor a los demás? ¿Nos mantenemos firmes en el cumplimiento de la voluntad de Dios?

     San Pablo nos comunica en una de sus cartas cómo ser ese buen sabor a Cristo:  “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4, 1-3).  Ser “sal de la tierra” es tener los sentimientos de Jesús: “tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2, 5). Dobleguemos y abajemos nuestra voluntad, para poder así seguir la Voluntad de Dios en nuestra vida.

     Para poder descubrir qué sal estamos ofreciendo a los demás, hagámonos esta pregunta: ¿quién es Jesús para mi?,  “«Y vosotros ¿quién decís que soy yo?»” (Mt 16, 15). Jesús no es una filosofía o una doctrina, Jesús es el Hijo de Dios, que se encarnó en el seno purísimo de la Santísima Virgen María. Es nuestro salvador, que vino al mundo para entregar su vida, hasta la muerte en la cruz (cfr. Jn 3, 17). Es quién le da el sentido a tu vida y a mi vida.

     Muchas veces nos proponemos cambiar, y sin embargo, volvemos a caer en aquello que ya no queremos,  experimentando como una contradicción en nuestra vida. Esto mismo le ocurría a San Pablo: “Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo” (Rm 7, 18).

Ante esta lucha interna que experimentaba el apóstol, Jesús le responde: “te basta mi gracia” (2Co, 12, 9).

San Pablo se dejó tocar por Dios, y le entregó su vida por completo: “para mi la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1, 21).

Ser “sal” es permitir ser transformados por la gracia de Dios, recibida desde el Bautismo; a partir de ese momento, el Espíritu Santo mora en nuestra alma, y anhela que cooperemos con Él para dar sabor a nuestras vidas.

     De entre los apóstoles de Jesús, San Juan, el más joven, fue quién mejor se dejó tocar por Dios, siendo dócil, y aunque es poco lo que aparece en los Evangelios, -en comparación con San Pedro, a quien Jesús puso al frente de su Iglesia-, se convirtió en el discípulo amado: “el discípulo a quien Jesús amaba”(Jn 21, 7).

Enamorado  de la persona de Jesús e inspirado por el Espíritu Santo escribió uno de los Evangelios, que en su bellísimo prólogo nos dice que Jesús es la luz que vino a los suyos, a su pueblo, pero que no fue acogido:“y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).

 También escribió tres cartas y el libro del Apocalipsis en donde en la primera de ellas, expresa su testimonio al vivir junto a Cristo como apóstol: “la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó” (1 Jn 1, 2).

     San Pablo compara la vida de disciplina y sacrificio que tienen que llevar  los atletas por alcanzar una corona en la tierra con la vida espiritual: “Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible” (1 Co 9, 25).

     Ejercitémonos y disciplinémonos en la humildad, pureza, docilidad, obediencia y fidelidad, virtudes del Inmaculado Corazón de nuestra Madre, la Virgen María que nos ha pedido que vivamos de manera especial en Familia Misionera en Alianza de la Cruz (FMAC).
    
     El enemigo actúa en nuestra voluntad para que nos volvamos “desabridos” y dejemos de ser “sal”, por ejemplo, al darle entrada en el corazón al desaliento, la tristeza, la duda e incertidumbre. Jesús cuando estuvo en el desierto cuarenta días y cuarenta noches ayunando, nos enseña cómo vencer las tentaciones (cfr. Mt 1-11).

     El tentador le dijo: “«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»” (Mt 4, 3-4).
Meditando la Palabra de Dios, que es alimento para el alma, venceremos como lo hizo Jesús.

“Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.» Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto»” (Mt 4, 8-10). El enemigo pretende sembrar en el hombre una ambición desordenada por “tener”, que es terriblemente dañina, quiere que el hombre sea grande para dominar; en cambio Dios anhela  que el hombre sea “grande” para “servir”.

     Por el afán de poder y dominio, también hoy, como ocurrió en tiempos pasados, las naciones se destruyen y dividen. A los jóvenes dentro de las universidades, cuando están estudiando se les inculca que los conocimientos y habilidades que están adquiriendo son para servir a la sociedad. Pero a la gran mayoría, al terminar sus estudios y entrar en el mundo del trabajo, se les olvida y en vez de “servir al otro”, tristemente,  “se sirven a sí mismos”.

     Ser tentados es una oportunidad para sacar un bien mayor, para crecer en el amor de Dios. Siempre es una prueba en la que cada uno tenemos que decidir entre dejarnos caer en ella o elegir el camino de la Gracia, -en el cual salimos con la ayuda de Dios-, vencedores, esto es ser “sal de la tierra”.

     Hemos sido bautizados, creados a “imagen y semejanza de Dios” (cfr. Gn 1, 26-27), está en cada uno de nosotros, el decidir seguir la voluntad de Dios para ser “sal de la tierra”, sin embargo, para que esto sea posible, necesitamos que Jesús sane y libere nuestro pobre corazón sensible y frágil, herido por el pecado, para que le entreguemos poco a poco nuestra voluntad y libertad de manera que pueda actuar en nuestra vida y nos convirtamos en “sal de la tierra”.

     ¿Has experimentado la Presencia de Jesús en tu vida? Como el discípulo amado ¿te has acercado para recostarte en su pecho y escuchar los latidos de su Corazón? Hoy Jesús se ha servido de su Santísima Madre, la Virgen María, para que en el mundo vivamos como una familia en la nueva comunidad que ha formado: Familia Misionera en Alianza de la Cruz (FMAC), y seamos una Obra de Misericodia para la humanidad. Cada uno miremos dentro de nuestro corazón y descubramos, ¿qué desea Jesús que hagamos para ser “sal de la tierra”?

     Jesús nos dice hoy que nos trae la “sal” y la “luz”, para que desaprendamos lo mal aprendido y así estemos abiertos y dispuestos para aprender el Evangelio. Optar por el Reino implica decisión, valentía y coraje porque “desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12).  

Dice Jesús: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49); “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rm 12, 21).

Para que brille nuestra luz y seamos “sal” que de sabor, sigamos el ejemplo de nuestra Madre, la Virgen María, siendo pequeños y sencillos. Ella asumió con amor y total abandono el plan de Dios para su vida: ser la “Madre de Dios” (cfr. Lc 26-38) y se apresuró para cumplir la voluntad de Dios: “En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 39-40). Dios obraba prodigios en nuestra Madre por su obediencia:  San Juan Bautista es santificado en el seno de Isabel, quien queda llena del Espíritu santo (cfr. Lc 1, 41) y reconoce en la Virgen a la “Madre de Dios” (cfr. Lc 1, 43). María llena de júbilo proclama el Magníficat (cfr. Lc 1, 46-55), signo de su profunda humildad, que sabe que todo lo que ha recibido viene de parte de Dios.

¿Nuestra presencia es “sal” y “luz” para los demás?


Hno. Francisco María de la O

Oasis de Adoración
Los invitamos al Oasis de Adoración todos los domingos de 10:00am. a 1:00pm. en Buenos Aires 2901, Colonia Providencia, Guadalajara, Jalisco.




2/2/20

Enseñanza del Oasis de Adoración 02-02-20




“Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”
(Lc 2, 51).



     Cuando José y María llevaron al Niño Jesús al templo para ser presentado, el profeta Simeón les anuncia que será causa de contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de los hombres y que una espada de dolor traspasará el corazón de la Virgen María (cfr. Lc 2, 34-35).

     Jesús es objeto de contradicción, porque es la LUZ que ilumina a todo hombre (cfr. Jn 8,12), sin embargo, “vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn 1, 11). Y la LUZ que es Cristo nos ha sido dada por María, que se unió estrechamente a la obra salvadora de su Hijo, por esta razón Ella sufrió y sufre por nosotros junto con Jesús.

     Cristo, LUZ del mundo descubre a cada hombre su pecado para sanarlo y liberarlo, porque Él vino para los enfermos, ya sea del cuerpo o del alma -que en este caso lo somos todos- (cfr. 9, 12). Jesús vino para darle luz a nuestra oscuridad.

     Toda gracia que Dios desea darnos siempre pasa primero por las manos de María. Por haberse asociado con su Hijo a la obra de la redención es “corredentora”. Esta espada de dolor que atravesó su corazón, hace que queden al descubierto nuestros pecados.

     Así como los papás son cocreadores con Dios al traer al mundo una nueva vida, así la Virgen María es “corredentora” en la obra de la salvación junto con su Hijo Jesús. Muchos hoy están pidiendo al Papa que nombren a nuestra Madre “corredentora”, por haber estado subordinada a la misión de Jesús y porque Ella es Inmaculada (sin pecado original). El ángel la llamó “llena de Gracia” (cfr. Lc 1, 28), Dios se encarnó en su bendito vientre (cfr. Lc 1, 38) y su corazón fue traspasado de dolor principalmente en la Pasión y Muerte de nuestro Señor (cfr. Jn 19, 25).

     Nunca seremos capaces de comprender y abarcar con nuestra inteligencia el gran misterio de la redención que misa tras misa celebramos. Es el misterio del amor. Por más que intentáramos estudiar este gran misterio, nunca lograríamos abarcar su inmensidad. La mejor manera de vivir este misterio es dejándonos amar por Dios, y que este amor que hemos experimentado nos lleve a amar a nuestros hermanos.

     Cuando nos agobien las debilidades: la envidia, el celo, la avaricia, el rencor, etc., consecuencia del pecado original, es momento de recordar la importancia de trabajar en nuestra conversión; aunque seamos dirigentes en algún apostolado, o evangelizadores, no podemos decir que ya estamos del otro lado, porque la conversión es un proceso de toda la vida. Esto no significa que dejemos de reconocer lo que Dios va haciendo en nuestra persona, y estemos por ello profundamente agradecidos, permaneciendo siempre con nuestra mirada fija en Él, autor de todo bien que recibimos.

     Contemplemos a María, “Sagrario Viviente”, “Arca de la Alianza”, la primera evangelizadora. Aprendamos de su humildad, cuando visita a su prima Isabel, guarda silencio y permite que ella hable primero: “y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 42-43). Después la Virgen María, nuestra Madre exulta de júbilo en el Señor, y reconociendo que todo le viene de parte de Dios proclama el “Magníficat” (texto bíblico que hace alusión a diferentes partes del Antiguo Testamento).

     La Virgen María es pura como el cristal, que deja pasar la luz. Pura antes, en y después del parto, sin embargo, se sometió en todo a la ley judía presentándose en el templo para la purificación, como lo hizo su Hijo Jesús: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley” (Gál 4, 4-5).

     Nuestra Madre anhela de cada uno de sus hijos la santidad, No podemos decir que amamos a María si no nos comportamos como Ella, no solo cuando los demás nos miran, sino en lo secreto, donde sólo Dios nos ve. En esto consiste el ser “íntegro”.

     La cantidad de actos de piedad dedicados a la Virgen María no necesariamente nos hacen mejores, sino el esforzarnos por imitar las virtudes de nuestra Madre (que las posee todas en grado sumo). Nuestra Señora para FMAC (Familia Misionera en Alianza de la Cruz) nos ha pedido de manera especial vivir 5 virtudes de su Corazón Inmaculado: humildad, pureza, docilidad, obediencia y fidelidad.

     Practicar estas virtudes supone todo un proceso y trabajo disciplinado de todos los días. Preguntémonos: ¿Cómo vamos en este aspecto? Si abriéramos nuestro corazón para dejarnos transformar, Dios podría hacer maravillas. No subestimemos la misericordia de Dios, por el contrario, imitemos a nuestra Madre que siempre cooperó con la Gracia.

     Por la salvación que Cristo nos ofrece “ hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos con un espíritu nuevo y no con la letra vieja.” (Rm 7, 6). Jesús es el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14, 6). Frente a Dios no podemos engañarnos, por el contrario, si de todo corazón lo buscamos, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres (cfr. Jn 8, 31).

     Hoy de manera especial, a los jóvenes quiero invitarlos a vivir la pureza en todas sus acciones, y no porque esto no sea importante también para nosotros los adultos, sin embargo, en la etapa de la juventud, actualmente, por el bombardeo de los medios de comunicación y las costumbres que se viven, les es más difícil llevar una vida de santidad. Esfuércense por tener una disciplina de vida.

     Cuando asistimos a nuestros Oasis de Adoración todos los domingos, debemos de recordar que no solo en estos momentos es cuando debemos de orar, porque sería muy poco para lo que representa toda la semana. De hacerlo solamente así, nuestra conversión se tornaría en un largo proceso. Empecemos a cambiar en nuestra vida desde las cosas más pequeñas y elementales de cada día. Si queremos ser santos, levantémonos temprano, ordenemos nuestra habitación, vayamos dominando poco a poco la soberbia, el enojo, etc.

     Es muy fácil escudarnos y justificarnos para no seguir el camino de la voluntad de Dios. Podemos preguntarnos: ¿Qué supone vivir en plenitud el Evangelio? No se trata de que seamos evangelizadores o predicadores, -que en sí es una tarea muy importante-, sino que demos testimonio con nuestro ejemplo. Jesús quiere que su Palabra se haga vida en cada uno de nosotros.

     Hoy el mundo anda muy mal, y cada uno somos parte de este mundo. Es muy común que queramos especular sobre lo que vendrá en los últimos tiempos, sin embargo, esto no nos aporta ningún beneficio. Lo que si nos transforma es escudriñar atentamente lo que Dios nos dice en su Palabra para ir aprendiendo poco a poco a meditarla y guardarla en el corazón a ejemplo de nuestra Madre, la Virgen María que “conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 51).

Hno. Francisco María de la O


Oasis de Adoración

Los invitamos al Oasis de Adoración todos los domingos de 10:00am. a 1:00pm. en Buenos Aires 2901, Colonia Providencia, Guadalajara, Jalisco.








19/1/20

Enseñanza del Oasis de Adoración 19-01-20






“29. Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. 31. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.» 32. Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. 33. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." 34. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.»”
(Jn 1, 29-34).



     Gracias Señor por hacernos tuyos, viniendo al mundo para salvarnos a través de tu Madre Inmaculada que es corredentora al haberse unido a tu misión, que su SÍ fuerte sostenga nuestro sí débil. Enamóranos de Ti y mantennos cautivados por Ti. Recuéstanos en Tu pecho amoroso para escuchar sus latidos. Que a través nuestro puedas amar a la humanidad. Llévanos por el camino de la humildad, docilidad, sencillez, obediencia y fidelidad. Limpia y sana todas las áreas de nuestra vida. Que como las vírgenes prudentes tengamos nuestras lámparas encendidas para cuando Tú llegues (cfr. Mt 25, 1-12). ¡Enamóranos de tu Palabra!

     San Juan Bautista tuvo la misión de ser el precursor de la primera venida de Cristo (cfr. Lc 7, 27). Era primo segundo de Jesús y nació seis meses antes que Él (cfr. Lc 1, 36). Vivía en el desierto y llevaba un vida modesta de sacrificio (Mc 1, 6), como todos los profetas. Predicaba al pueblo para insistir en la importancia de la conversión (cfr. Mc 1, 4), para que cuando llegara el Mesías, encontrara un pueblo bien dispuesto (cfr. Lc 1, 17). Siempre habló con la verdad y esto le costó la vida (cfr.Mc 6, 17-18), muriendo decapitado (cfr. Mc 6, 27).

     Jesús nos invita a ser como San Juan Bautista, precursores de su segunda venida. A ser “voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Mc 1, 3). Hoy el mundo necesita de hombres y mujeres capaces de arriesgarlo todo por Cristo. Hombres y mujeres comprometidos con la causa del Evangelio, que conviertan sus corazones y lleven una vida de austeridad, oración, ayuno y sacrificio, ¿queremos tú y yo ser esos hombres y mujeres?

     Ser como Juan el Bautista es estar dispuestos a reconocer quiénes somos ante Dios. “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). Es preciso reconocer a Jesús en nuestro corazón, y en todas las áreas de nuestra vida, que Él vaya creciendo y nosotros haciéndonos cada vez más pequeños, más humildes y sencillos, para que pueda actuar con libertad en nuestra vida.

     De Juan el Bautista Cristo dijo: “Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Lc 7, 28). Juan Bautista es el profeta más grande y último del Antiguo Testamento, sin embargo, es más grande pertenecer al Reino que Jesús vino a instaurar.

     Juan Bautista fue grande por su humildad. Nuestra Madre, la Virgen María, es el máximo ejemplo de humildad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). Ella es el “eden” en donde el verbo se hizo carne, la Tierra prometida, la Torre de David, la Puerta del Cielo, el Arca de la Alianza.

     Cuando comulgamos estamos recibiendo a Jesús en su cuerpo, alma y divinidad. Recibimos su corazón amante, su sangre que nos purifica y libera. San Juan Bautista fue humilde porque decía: “detrás de mi viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias” (Mc 1, 7), y al ver a Jesús les dijo a sus discípulos: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

       ¿Qué fue lo que pensaron ante la afirmación de San Juan Bautista? ¿qué significado tenía para el pueblo de Israel el ser “cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. El cordero para los judíos era el animal que se sacrificaba una vez al año en una de sus festividades y con su sangre se rociaba al pueblo para el perdón de sus pecados. En la liberación de Egipto (la primera pascua), el Señor les ordenó sacrificar un cordero sin mancha Y hoy, al escuchar en el Evangelio: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), ¿qué nos está diciendo a nosotros? Reflexionemos… Cristo es el único que puede salvarnos, el único que puede liberarnos de toda clase de mal, que ha derramado su sangre para el perdón de los pecados de toda la humanidad.

      “Familia Misionera en Alianza de la Cruz” (FMAC) no es un movimiento más dentro de la Iglesia, porque la Virgen quiere que en FMAC se trabaje para que se Instaurare de forma definitiva el Reinado del Sagrado Corazón de Jesús y el Triunfo de su Inmaculado Corazón de María, primero en nuestros corazones y después en el mundo entero, por medio de nuestro Carisma: “Ámense como yo los he amado” (Jn, 13, 34), y Espiritualidad: “Si quieres venir detrás de mí: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme" (Mc, 8, 34). Mediante la formación en los Oasis de Adoración, la formación bíblica, los retiros, misiones, etc.

     El Reino de Dios ya ha llegado, desde que Cristo vino al mundo. Para que se haga realidad en nuestra vida, es necesario la conversión personal. Es así como podrá instaurarse este Reino en nuestro corazón de forma definitiva. Si queremos ir detrás de Cristo, necesitamos primero negarnos a nosotros mismos, después tomar nuestra cruz y solo así estaremos en condiciones de seguirlo.

      Para imitar a nuestra Madre, en el tomar nuestra cruz, contemplemos su corazón atravesado por una lanza. Aceptemos la salvación que Cristo, el Cordero de Dios vino a traernos, para que sane nuestra vida, desde la concepción hasta el día de hoy, para quitar de tajo todos los patrones equivocados que tenemos.


     Miremos cómo está hoy el mundo, sin olvidar que somos parte de él. Jesús no vino a cambiar la situación política de Israel, es decir, el propósito de su venida no fue liberar a su pueblo del dominio romano. Cristo vino para transformar a la humanidad entera.


     San Pedro en su primera carta en relación al cordero de Dios dice “sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo” (1Pe 1, 18-19).

         Luchemos por vivir en Gracia aprendiendo a negarnos para el mundo que nos dice que seamos prósperos, que busquemos el éxito, que seamos líderes, que nos atrevamos y sigamos los sentimientos de nuestro corazón. Que lo más importante es “tener” que “ser”, que dice sí al aborto, a la ideología de género, a todo tipo de mal. Seguir a Cristo es vivir los valores del Evangelio: amar, perdonar, entregarse. Esto no quiere decir que no nos esforcemos por ser mejores o que la prosperidad en sí misma sea mala. Significa que por encima de todo esta Cristo y todo debe subordinarse a Él: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 31-33).

Hno. Francisco María de la O
Oasis de Adoración
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7/1/20

Enseñanza del Oasis de Adoración 05-01-20






"1. En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. 2. Ella estaba en el principio con Dios. 3. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. 4. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, 5. y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. 6. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. 7. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. 8. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. 9. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. 10. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. 11. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. 12. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; 13. la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. 14. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad"
(Jn 1, 1-14)

     Cuando alabamos a Dios, recibimos liberación y sanación. Para poder comprender lo que hoy quiere decirnos el Señor en su Palabra, pidamos al Espíritu Santo para que quite en nosotros todo lo que no es de Él, y así nuestro pensamiento se una con el Suyo.

     San Juan de manera muy bella y poética, en la introducción a su Evangelio, nos muestra la verdad más sublime: que “la Palabra se hizo carne”(Jn 1, 14). La Palabra que es Jesús, “vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 11-12). Jesús quiso hacerse uno de nosotros, entró en nuestra historia, en la familia de Nazareth (cfr. Mt 2, 23), para recorrer nuestra vida, desde el momento del nacimiento (cfr. Mt 1, 18-1) hasta su muerte en el Calvario (cfr. Mc 15, 33-41).

     Cristo es el esperado por los siglos, a quien los ángeles han cantadado: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.» (Lc 2, 14), los pastores han corrido a toda prisa para conocerle (cfr. Lc 1, 16) llenándolo de pequeños detalles en los que le mostraron su amor y los reyes de oriente le han ofrecido su adoración junto con oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2, 11).

     La Luz de Jesús nos hace ver todo en su justo valor, al entregarse por completo a cada ser humano, en este pequeñito Niño. Contemplemos este misterio de amor y preguntémonos: ¿qué vamos a hacer en Familia Misionera en Alianza de la Cruz (FMAC) en este año? Cuando uno se sabe profundamente libre de sí mismo ¿creen que nos podemos anclar en otra cosa que no sea Dios? San Pablo nos dice que: “el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo (2 Co 5, 17). Esto no quiere decir que se anule nuestra naturaleza humana, sino que ya no debemos anclarnos en ella, es decir, en las pasiones: enojo, tristeza, rencor, etc.

     A esta libertad apunta el Evangelio, es la Luz de Cristo que quiere que acojamos. Cuando nos anclamos en cualquier pasión, estamos prefiriendo las tinieblas a la luz. Cuando nos miramos a nosotros mismos, estamos prefiriendo las tinieblas a la luz, cuando recurrimos a la uija, el yoga, el reiki, etc.. pretendiendo buscar luz, es cuando nos equivocamos y vamos hacia la oscuridad.

     Por la gracia del bautismo y la confirmación hemos recibido la plenitud del Espíritu Santo, tenemos la Luz de Cristo. Pero si nos anclamos en nuestras pasiones, ¿cómo puede esta luz brillar en nuestra vida? Cada vez que nos dejamos vencer por las contrariedades, crisis, problemas, etc, vamos caminando hacia la oscuridad. En cambio, cuando recibimos su gracia y le decimos que SI a Dios, nos liberamos y estamos en la luz.

     Las quejas, reclamos, mal humor, en conclusión, cualquier actitud que no viene de Dios, nos ancla en la oscuridad. Aprendamos a contemplar a la Sagrada Familia, nunca se quejaron ni reclamaron a Dios en sus problemas y dificultades. En el momento en que Jesús estaba clavado en la Cruz, la Virgen no reclamó, no le pidió a su Hijo que hiciera un milagro para que no muriera y así Ella no se quedara sola. 

     Cuando experimentamos nuestras debilidades, y caemos en ellas, esto nos debe ayudar a darnos cuenta en dónde estamos parados, es una oportunidad para reconocer nuestras faltas con humildad y volver a Dios. Por naturaleza humana siempre estamos buscando el ser bien vistos por los demás, que nos reconozcan, pero cuando conocemos a Jesús, lo que deseamos es que Él sea reconocido.

     Estamos acostumbrados a vivir la Navidad de tradiciones, y esto en sí no es malo, siempre y cuando nos conduzca al verdadero sentido que tiene: preparar el corazón para recibir a Jesús nuestro Salvador. Todo el bien que hay en nosotros es Gracia de Dios. Todo lo que es contrario al bien, cualquier pasión desordenada, como cuando aparece en nuestro corazón un actuar caprichoso, debemos de hacerlo a un lado, porque no viene de Dios, sino de nuestra propia naturaleza.

     Aceptemos con amor y alegría todo lo que Dios disponga para nosotros en este Nuevo Año, pase lo que pase, o suceda lo que suceda en Familia Misionera en Alianza de la Cruz (FMAC) y en nuestras vidas en particular, seamos hombres y mujeres de fe: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 33). Dios nos invita a una confianza absoluta en Él.

     La Madre Teresa de Calcuta decía: “que mi luz sea Tu Luz y en mi luz te vean a Ti brillar”. Acojamos con un corazón abierto y dispuesto esta Luz que Cristo nos ha traído con su venida y seamos luz para iluminar a este mundo que hoy tanto lo necesita.

Hno. Francisco María de la O


Oasis de Adoración
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